06 febrero, 2013

64: LA IMAGINACION DE DIOS




Una vez que los hombres se han persuadido de que todo lo que ocurre ocurre por causa de ellos, han debido juzgar como lo principal en toda cosa aquello que les resultaba más útil, y estimar como como las más excelentes de todas aquellas cosas que les afectaban del mejor modo. De donde han debido formar nociones, con las que intentan explicar la naturaleza de las cosas, tales como BIEN, MAL, ORDEN, CONFUSIÓN, CALOR, FRÍO, BELLEZA y FEALDAD; y, dado que se consideran a sí mismos como libres, de ahí han salido nociones tales como ALABANZA, VITUPERIO, PECADO y MÉRITO: estas últimas las explicaré más adelante, después que trate de la naturaleza humana; a las primeras me referiré ahora brevemente. Han llamado BIEN a todo lo que se encamina a la salud y al culto de Dios, y MAL, a lo contrario de esas cosas. Y como aquellos que no entienden la naturaleza de las cosas nada afirman realmente acerca de ellas, sino que sólo se las imaginan, y confunden la imaginación con el entendimiento, creen por ello firmemente que en las cosas hay un ORDEN, ignorantes como son de la naturaleza de las cosas y de la suya propia. Pues decimos que están bien ordenadas cuando esán dispuestas de tal manera que, al representárnosla por medio de los sentidos, podemos imaginarlas fácilmente y, por consiguiente, recordarlas con facilidad; y, si no es así, decimos que están mal ordenadas o que son CONFUSAS. Y puesto que las cosas que más nos agradan son las que podemos imaginar fácilmente, los hombres prefieren, por ello, el orden a la confusión, como si, en la naturaleza, el orden fuese algo independiente de nuestra imaginación; y dicen que Dios ha creado todo según un orden, atribuyendo de ese modo, sin darse cuenta, imaginación a Dios, a no ser quizás que prefieran creer que Dios, providente con la humana imaginación, a dispuesto todas las cosas de manera tal que ellos puedan imaginarlas muy fácilmente. Y acaso no sería óbice para ellos el hecho de que se encuentran infinitas cosas que sobrepasan con mucho nuestra imaginación, y muchísimas que la confunden a causa de su debilidad.

[ Baruch Spinoza: Ética, Apéndice a la Parte Primera.
Madrid: Editora Nacional, 2004, pp. 79-80.
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