13 octubre, 2013

95: A-MAZE




Ya desde su título, La arquitectura del fantasma. Una autobiografía, controvertía todas las leyes del género. ¿Qué era eso de una autobiografía? ¿Acaso se proponía escribir otras autobiografías? ¿O quería dejar abierta la posibilidad de que otros escribieran su autobiografía refutando, o completando, la que había escrito él? Una autobiografía. Como si se tratara de una autobiografía "no autorizada".

Creo que la mejor manera de expresar lo que leo en La arquitectura del fantasma es recurrir a una pequeña anécdota de esos días inolvidables que compartimos en el bar. Una tarde bebíamos junto a una ventana y pasó una amiga mía. La invité a sentarse, se la presenté a Héctor y él, con su gallarda cortesía de siempre, le preguntó a qué se dedicaba.

--Soy profesora de Historia --dijo mi amiga.
--Profesora de Historia, profesora de Historia... Qué increíiiiiiiiiiiiiible... --dijo Héctor, ensoñándose vaya a saberse en qué recuerdos.
--Qué bueno --dijo mi amiga--, cuando digo que soy profesora de Historia todo el mundo dice "qué interesante"; él no dijo "qué interesante", dijo "qué increíble".

Bien: si el género autobiográfico está regido por el "qué interesante" (qué interesante ha sido mi vida como para que yo la escriba y otros la lean) el principio de composición de La arquitectura del fantasma se aparta de ese sesgo narcisista y elige, humilde y sabia, columpiarse en ese "qué increíiiiiiiiiiiiiiible, qué increíiiiiiiiiiiiiiible", que es puro asombro y melancolía, pura constatación de que la vida propia, esa vida sobre la que se escribe en una autoiografía, se haya ido yendo como arena entre los dedos.

En el caso de Héctor, arena de verdad, desde luego.


Strafacce, Ricardo (2010) "Arena de verdad", en Marcelo Damiani comp.: El efecto Libertella. Buenos Aires, Beatriz Viterbo Editora, p. 36-37.