23 marzo, 2014

116: PRONÓSTICO



Uno encuentra lo que consciente o inconscientemente busca. Hablo de los encuentros que tienen destino, no de las idioteces. Si uno se tropieza con una persona en la calle, casi nunca ese tropiezo tiene consecuencias decisivas en nuestra vida. Pero sí la tiene cuando ese encuentro no ha sido casual, cuando ha sido provocado por las fuerzas invisibles que operan sobre nosotros. Ni yo encontré por casualidad a Domínguez ni fue tampoco por azar que eso haya sucedido cuando debía abandonar la ciencia. Nuestro encuentro fue de enorme importancia, aunque en aquel momento no lo pareciera. El tiempo se encarga de colocar luego los hechos en su debido rango, y cosas que en su inicio parecen triviales se revelan después en toda su trascendencia. Y así, el pasado no es algo cristalizado, como algunos suponen, sino una configuración que va cambiando a medida que avanza nuestra existencia y que alcanza su sentido verdadero en el instante en que morimos, cuando ya para siempre quedará petrificado. Si en ese momento pudiéramos volver la mirada hacia él (y es probable que el moribundo lo haga), advertiríamos por fin el real paisaje en que se preparó nuestro destino. Y pequeñísimos detalles que en vida desestimamos se mostrarían entonces como graves advertencias o como melancólicos saludos para siempre. Y hasta lo que creíamos burlas o meras mistificaciones pueden convertirse, en esa perspectiva de la muerte, en siniestros vaticinios.

Ernesto SABATO, en Abaddón el exterminador.
Buenos Aires: Seix Barral, pp. 276-277