13 julio, 2016

136: ELLOS SABEN QUE NO DUELE


Fue allí cuando los columnistas más respetables empezaron a diagnosticar un malestar en nuestra generación, la que empezó a partir del cuarto Long Play de los Beatles, no la de los nadaístas ni la de los muchachos burgueses atrofiados en el ripio del nadaísmo. Hablo de la que se definió en las rumbas del mar, en cada orgía de Semana Santa en La Bocana. No fuimos innovadores: ninguno se acredita la gracia de haber llevado la primer camisa de flores o el primero de los pelos largos. Todo estaba innovado cuando aparecimos. No fue difícil, entonces, averiguar que nuestra misión no era retroceder por el camino hollado, jamás evitar un reto, que nuestra actividad, como la de las hormigas, llegara a minar cada uno de los cimientos de esta sociedad, hasta los cimientos que recién excavan los que hablan de construir una sociedad nueva sobre las ruinas que nosotros dejemos.

Pero nosotros no nos íbamos a morir tan rápido. Nadie se preocupaba de comparar inteligencia o profundidad de pensamiento. Yo siempre me supe dotada de espíritu para la rumba y nada más, y además no me lo explico a quién se lo saqué. Mi poderosísima energía no frustra a los hombres que no me tienen, porque de tanto mirarme les llega la conciencia de exactamente por qué no me merecen. Mi talento es una fuerza y una gracia de la vida, y es al mismo tiempo el agradecimiento. Me enerva que venga algún sabio de esos ya gordo, ya calvo, a decir que toda esta actividad, este desgaste ha sido en vano, que nuestra organicioncita social no se ha definido, que nombre toda esta tragedia nada más que como
“decadencia importada”, oh, oh, alguien que me lea pagará por verme un día cómo me les río en la cara y mi risa, como el sacudón de esta mata de pelo rubio, es petrificante. Si me comparan con un pulpo no me enojo. He conocido muchos gordos que escriben cosas bellas y la gente los llama poetas, pero al momento de tratarme, cuánto miedo, cuánta vulgaridad en medio de sus borracheras, y la mirada esa verde del pajizo, del hombre que lleva dentro de sí la garra con escamas que lo imposibilita para tratar a las mujeres. Somos, hombre, seres misteriosos. Y sólo encontré correspondencia en esos jovencitos que ya casi no veo, los que día a día se raspaban el cerebro. “No duele –me decían. Es como pasarse un peine y enredar las fibras del opinadero”.

_Andrés Caicedo en Que viva la música! (Editorial EslaSandra Ediciones, 2013, pp52-53)